De aquí y allí… almas negras

 

De aquí y allí almas de maldad

 

El atardecer le indicaba que la jornada laboral estaba por finalizar. Manuel se encontraba en su oficina cerrando el balance del mes, si bien él es el dueño de la agencia de venta de automóviles, es también gestor y contador. Todo lo referido a su negocio pasa por sus manos. Nunca le gustó delegar asuntos importantes y su agencia lo era. Estaba a punto de llevarse a la boca la taza que tenía en su mano, para absorber un trago del café recién hecho, pero un llamado telefónico lo llevó a deshacer los movimientos anteriores y dejar sobre el escritorio el recipiente, tomando el teléfono en su mano. Al terminar el diálogo volvió sin demora a su café que aún estaba caliente, la conversación fue breve, su abogado le anunció que ya estaba en su poder la confirmación y papeles correspondientes a la herencia que le había dejado su tío. Una mueca de sonrisa iluminó su rostro, no tenía grandes expectativas, pero esta confirmación movió en él las ganas de ir a conocer la casa que recibiera de herencia de manos de su tío Emilio, personaje no muy grato dentro de la familia y a quién no había visto salvo dos o tres veces cuando era chico; apenas recordaba su rostro, pero tenía presente las críticas constantes de su familia hacia él. Emilio era hermano de su padre, “oveja negra de la familia” le decían, le gustaba meterse en problemas de polleras, desagradable en el trato, agrio, algo violento y no recuerda cuantas cosas más calificaban a este tío que apenas conoció y quien ahora le dejaba una casa entre Mar del Plata y Miramar, en el barrio El Marquesado. No era el mejor lugar para vacacionar, pero este año él y su familia, pasarían allí sus vacaciones. Un mes antes, al saber la noticia de la herencia había hablado con Luisa, su esposa, quedando de acuerdo en ese punto, siempre y cuando se confirmara por medio de documentos la posesión de la casa. Así era, lo cautivaba el saberse dueño de la propiedad sin siquiera sospechar nunca esa posibilidad. No podía, por razones lógicas, saber que lo había llevado a Emilio a pensar en él, pero a modo de brindis, en la soledad de su oficina levantó su taza de café agradeciendo a su tío tenerlo en cuenta.

––¡Hola! Buenas tardes familia ––era el saludo diario al llegar a su casa. Allí lo esperaban Luisa, su esposa, y sus hijos Gonzalo, Mariel y Carla.

––Hola ––dijo Luisa a modo de saludo y se acercó a darle un beso, tras ella Mariel, que se trepó quedando en brazos de su padre. Gonzalo estaba en su cuarto y no lo escuchó llegar y Carla miraba dibujitos muy entretenida.

Durante la cena la familia se vio envuelta en la confirmación del destino de sus próximas vacaciones. Manuel, se encargó de lograr entusiasmo en lo niños, Luisa por momentos le hacía algún gesto dejando en evidencia que exageraba las virtudes del lugar, él lo entendió y solo hizo hincapié en que estarían a unas cuadras de la playa y que el auto sería el encargado de hacerlos recorrer otros bonitos sitios. No se privó de resaltar el hecho que la vivienda tenía una pileta de natación bien construida esperando la llenen de agua y disfruten de ella. Al fin, logró entusiasmarlos diciendo que cada uno de ellos tendría un cuarto, que solo elegirían cual era de su agrado sin peleas de por medio y que se encargarían de acondicionarlo a su gusto en el próximo año, luego de conocer bien el lugar. No tenían mucho tiempo, las vacaciones estaban planeadas para dentro de veinte días, y esa casa, esperaba a sus nuevos dueños. Manuel se encargó de mandar a su encargado de mantenimiento al lugar, para asegurarse que todo estuviera en condiciones para recibirlos. En esos días intercambiaron algunos llamados por arreglos que se consideraban necesarios. No era mucho, la casa estaba bien cuidada y era confortable, bastaba con cambiar alguna grifería, renovar el barniz de los muebles de cocina, ajustar algunos tornillos de los muebles existentes y la renovación de la pintura del comedor y cuarto principal. La noche anterior al comienzo de sus vacaciones estaba todo guardado en el baúl del auto, saldrían por la mañana, luego de desayunar. A todos los miembros de la familia les parecía una aventura, nunca antes, habían vacacionado en una casa, si no era en lugar muy céntrico, los lugares con casas distanciadas unas de otras no eran consideradas, les provocaba inseguridad. Este año era diferente, conocerían el lugar donde los esperaba una propiedad que ahora era suya. Hasta para Manuel era movilizador, no tuvo posibilidad de conocer el lugar antes, solo pudo ver las fotos que le pedía a su encargado de mantenimiento que había viajado con su hijo, quien gustoso se las mandaba. El lugar era lindo, amplio, con mucho verde, árboles añejos, con la casa en el centro del predio y la pileta en los fondos. Mucho verde, mucho verde y alguna casa a una cuadra, otras a dos cuadras…

––Un barrio de lo más tranquilo ––le había dicho José, su empleado, quien pasó doce días trabajando en el lugar. Deseaba que su jefe estuviera a gusto y lo sabía algo exigente.

Últimos preparativos, un buen desayuno, el auto, la familia, la ruta, camino a la costa atlántica. Llegaron a la tarde, recorrían la casa llenos de entusiasmo y curiosidad. Las primeras peleas vinieron por la elección de las habitaciones, era algo de imaginar, los tres hijos querían el mismo cuarto. Luego de un sorteo la discusión terminó. Dejaron los bolsos, y salieron a ver el jardín y amplio fondo de la propiedad. Quedaron encantados con la arboleda que tenía, aunque la pileta se llevó todos los halagos. Sin demoras, Manuel, quien ya estaba al tanto de donde se encontraba la bomba de agua que era exclusiva de la pileta comenzó a hacerla funcionar para su llenado. El clima, muy caluroso, los encontraría alguna noche en este verano disfrutando de sus aguas. Los niños comenzaron a corretear por el terreno, Luisa, le comentó a Manuel que iba a poner en orden la cocina, a familiarizarse con el lugar, se acercó un poco más antes de retirarse y le dio un beso, también le recordó que vigile a los niños que estaban corriendo por allí. Habían traído ya, para dejar en la casa, cubiertos, vasos, platos, tazas, algunos utensilios necesarios, cacerolas, pava, mate y algunas fuentes. Todo era nuevo, aún conservaban sin uso muchos de los regalos que recibieron al casarse. Ordenaba y daba lugar a cada cosa, en esa tarea se dio cuenta que faltaba una de las cajas, la que contenía las fuentes y platos, revisó la cocina y no estaba, el comedor, tampoco, no había duda que la caja había quedado en el baúl del auto. Salió entonces en su búsqueda, de paso miraría que hacían los chicos. Gonzalo se encontraba cerca de su padre charlando y mirando embobado el llenado de la pileta, Carla a pocos metros jugaba con su muñeca sentada en el pasto debajo de la sombra de un sauce llorón, pero no llegaba a ver a Mariel, recorrió con la mirada y no lograba verla, se movió unos metros, miró a un lado y a otro y tampoco, optó por preguntarle a Manuel levantando el tono de voz siendo que no estaba tan cerca.

––¿Dónde está Mariel?

––Hace unos minutos estaba junto a Carla jugando, debe estar inspeccionando el lugar, dejala, no hay peligro, miré por todos lados y no hay nada peligroso.

Manuel siguió la charla que mantenía con su hijo, Luisa no se quedó tranquila y dio la vuelta por el fondo de la casa acercándose al frente por el otro lado. Allí estaba, junto a otro árbol, un tilo, un hermoso tilo. Al acercarse unos pasos, la escuchaba hablar, por un momento pensó que estaba jugando, pero al estar a menos de un metro, pudo ver que su hija se dio vuelta hacia ella y la miró con desprecio. La mirada era especial, nunca había visto en ella una mirada semejante.

––¿Qué pasa Carla? ¿Te pasó algo?

––No mami. Me gusta este lugar, lo estuve recorriendo.

––Bueno, ¿querés venir a ayudarme a buscar algunas cosas que quedaron en el auto?

––Sí, te voy a ayudar ––se adelantó, corría hacia el auto. Llegó enseguida, miraba a su madre que había quedado atrás, sonreía.

––¡Me ganaste! ––le decía Luisa, mientras le hacía cosquillas.

La ayudó a entrar las cajas, enseguida terminaron de entrarlas, le dijo que iba a ver que hacían su papá y hermanos.

‹‹Qué inquieta ––pensaba Luisa––, de los tres es la más revoltosa, le cuesta quedarse en un sitio tranquila, así es como quedan las trenzas que tanto me cuesta hacerle, a los minutos está toda despeinada ––sonreía––. También la caracteriza la dulzura, es hermosa mi pequeña››.

Antes de salir a disfrutar las últimas horas de sol junto a su familia, cortó un bizcochuelo que habían traído preparado, puso en una bandeja jugo fresco y vasos. Ahora pudo ver a su marido e hijos sentados bajo el sauce llorón, en plena charla, por segunda vez no veía a Mariel. Se apresuró, no le gustaba no verla junto a la familia en un lugar que apenas conocían, entendía que no había peligro, pero no le gustaba.

––Antes que me preguntes ––se adelantó Manuel–– Mariel está del otro lado de la casa, me pidió permiso, dice que le encanta un árbol que está allí.

––Eso parece, antes también estaba bajo ese árbol, es un tilo, es muy lindo. Dejo las cosas y la voy a buscar para que venga a tomar algo fresco y a comer bizcochuelo.

––¿Querés que vaya yo?

––No, no, ya vengo ––respondió.

Otra vez junto a ese árbol. Viniendo del fondo de la casa hacia el frente, el árbol se encontraba a mitad de camino del lado derecho, era un árbol añejo, de grandes ramas, lleno de hojas.

––Mariel, ¿qué hacés? ––podía verla gesticular, mover las manos, hablar mirando hacia una de las ramas, aquella que tenía bastante cerca de la cara. Una vez más la niña giro la cabeza mirando a su madre con desprecio y odio.

––No hago nada, vieja de mierda.

La cara de Luisa se transformó. No estaba enojada luego de escuchar a su hija, lo que sentía era un desconcierto tal que la envolvía en el asombro de no saber si era su hija quien hablaba. Nunca tuvo que reprenderla por maleducada, Mariel era movediza, dulce, de buen trato para con todos, incapaz de generar problemas, menos de insultar. La preocupación ganaba la partida. Entre las palabras y la mirada de odio que opacaban ese color celeste brillante de sus ojos, daba miedo, parecía desafiar a su madre en una postura rígida. Luisa, apuró el paso, la tomó de ambas manos mirándola de frente.

––¿Qué es lo que te pasa mi amor? ––le preguntó.

––Nada mami, me encanta este lugar, me parece que este árbol es más lindo que el sauce donde todos están y pa me dejó venir aquí. ¿Querés que vaya con ustedes? ––la mirada era dulce, como siempre fue.

––Mariel, ¡me insultaste! ¿Qué te pasa?

––¿Qué mami?

––No sé qué te pasa, pero no me gusta nada, nunca más vuelvas a usar esa palabrotas, ¿de dónde sacaste esa forma de hablar? ––al final se estaba enojando, Mariel solo tenía diez años, pero era una niña lista, no era posible que no supiera las palabras que habían salido de su boca hace unos minutos. Al notar que no pensaba responder sobre el asunto, la llevó de la mano hacia donde se encontraba la familia, ya, disfrutando del jugo y bizcochuelo.

––Las estábamos esperando ––dijo Manuel––. Pero es demasiado tentador lo que trajo mami, ¿No chicos?

Carla, sonreía cómplice de su papá con la boca llena de bizcochuelo, al igual que sus cortos pantalones, que también estaban llenos de migas. Gonzalo, le explicaba a su mamá que el viaje les había abierto el apetito y no pudieron esperar un segundo para comenzar a comer. Gonzalo era el mayor,  entrando en la adolescencia, con catorce años, no presentaba aún rebeldía alguna. Cuidaba a sus hermanas sin que nadie lo pidiera, era servicial, aunque de carácter fuerte.

––Mami, sentate al lado mío ––Carla, era la más pequeña, muy mimada por todos, tranquila, sus rizos entre un rubio subido al naranja, eran un espectáculo que lograban en ella el encanto de la simpatía, aunque no dijera palabra, ni moviera un músculo. El solo verla generaba en todos ternura, era un encanto, una niña de seis años, acostumbrada a captar las miradas de conocidos y ajenos, sabiendo ofrecer sonrisas. Se sentó junto a su pequeña, la abrazó y besó, quería disfrutar de este momento al igual que su familia. La preocupación no la dejaba, sentía la urgente necesidad de compartirlo con Manuel, la imagen de la mirada de su hija y las palabras que salieron de su boca la perseguían, no podía alejar de su mente aquella situación, era anormal. Mariel no era así, jamás hubiese supuesto algo semejante. Su mirada se dirigía casi exclusivamente a la niña mayor, que reía junto a su hermano mientras saboreaba el bizcochuelo, su mirada era la de siempre, dulce, cariñosa. Manuel, hacía unos minutos le comentaba algo que Luisa siquiera escuchaba envuelta en sus pensamientos.

––Amor, amor, ¿no me escuchás? ¿Pasa algo? ––él había notado el cambio de humor en el rostro de su mujer.

––Perdón, estaba distraída. ¿Me decías?

––Te decía, que a la noche podríamos ir a comer al centro, así no tenés que preparar comida. Todos estamos cansados, el aire cerca de la costa cansa un poco.

––Es buena idea.

––¿Les parece chicos? ––Manuel les preguntaba entusiasmado.

Los chicos contestaron que sí, les agradaba salir a comer fuera de la casa. La noche comenzaba a hacer su aparición, el sol abandonaba el lugar dando paso a la luna. Eran momentos de preparación para la salida. Luisa ya había alistado el baño y uno a uno se había dado una ducha y preparaban la ropa que se pondrían para salir a pasear. Con el correr de las horas la figura de Mariel y ese extraño comportamiento se esfumaban de la mente de Luisa dando paso a preparativos y charlas ocasionales, la niña estaba actuando igual que siempre, alegre, comunicativa. Fueron a recorrer el pueblo, buscaron un lugar para comer, buena comida, bien atendidos, charlaron un rato y vuelta a la casa. Todos estaban cansados, al otro día irían al mar. La noche era calma, no había viento, la temperatura era agradable. Llegaron, besos de hasta mañana y a la cama. Alguna luz encendida, para que las nenas no se asustaran si se despertaban por la madrugada en un lugar desconocido. El sueño profundo del matrimonio se vio interrumpido por voces que llegaban de una las habitaciones de la casa, palabras groseras, gritos histéricos, risas burlonas. Saltaron de la cama, se miraron asustados, corrieron por el pasillo hasta abrir la puerta del cuarto donde dormía Mariel, los ruidos venían de su cuarto. Se encontraron con el espanto de ver a su niña que parecía ser tironeada de la cabecera de la cama a los pies de la misma, ya el silencio reinaba y nadie se encontraba en aquella habitación. Manuel fue el primero en reaccionar y tirarse sobre la pequeña, para tomarla en sus brazos, Luisa aferrada al marco de la puerta quedó inmóvil ante el espectáculo, en su retina quedó fija la imagen de Mariel mirándola fijamente a los ojos, con una sonrisa que asustaba. Manuel estaba aturdido, con la niña en sus brazos, no podía comprender lo sucedido, creía estar enfrentando una pesadilla. La niña lo abrazó fuerte y a los instantes estiró los brazos solicitando la presencia de su madre.

––Luisa, Luisa ––Manuel la llamaba al ver que ella no podía salir de un estado de temor absoluto––. Quiere estar con vos, te necesita.

Luisa se acercó reaccionando ante la llamada. Mariel estiraba los bracitos para alcanzar a su madre, cuando esta estuvo cerca, la tomó del cuello y acercó su boca al oído de su madre, muy bajito a modo de secreto, le dijo:

––Ahora soy tan prostituta como vos mami ––la voz era la de su dulce niña, sus palabras eran dolorosas cómo un puñal clavado en el alma–– mira mi entrepierna y verás.

Soltó el cuello de su madre y se aferró a su padre, Luisa temblando subió el camisón de su hija hasta poder ver la ropa interior, temblando en la acción y con lágrimas en los ojos. Se tapó la boca y salió del cuarto. Manuel, no entendía la reacción de su esposa, se separó un poco de Mariel y pudo ver la ropa interior de su hija manchada con sangre. Con ella en los brazos salió de la habitación. No sabía qué hacer, no sabía que había ocurrido. La llevó al cuarto que ocupaba con su esposa, mientras Mariel le decía que nada había pasado, que podía dormir tranquila en su habitación, lo besaba y le preguntaba por qué la sacaban de su cuarto. La arropó en la cama matrimonial y fue de inmediato al encuentro de su mujer quien había actuado de manera muy rara ante lo ocurrido. Ella se encontraba en la cocina llorando, con el rostro desencajado, tomando con sus manos la cabeza.

––Luisa, tenemos que tranquilizarnos. Estoy asustado también, pero tiene que tener una explicación lógica. No podemos dejarnos llevar por los sonidos que escuchamos cómo que fuera el fin del mundo. La casa es desconocida para nosotros, es posible que esos ruidos entre sueños parecieran humanos, pero hayan sido animales nocturnos de la zona y que los movimientos que realizaba Mariel sean producto de alguna pesadilla, quién sabe, también por los sonidos que dormida incorporó al sueño.

––Algo terrible está pasando ––apenas podía hablar, la angustia y el miedo hacían temblar a las palabras que salían de su boca–– No nos imaginamos voces humanas, eran voces y risas humanas y algo espantoso le hicieron a Mariel.

–– Entiendo que lo que vimos y oímos nos predispuso mal. También ya noté que nuestra pequeña tuvo su primera menstruación, es pequeña, pero suele ser normal que ocurra a esa edad. No te atormentes.

––No entendés nada. ¿Llegaste a escuchar lo que me dijo al oído?

––No, no logré escuchar. ¿Qué te dijo?

––Tengo mucho miedo, ella no es nuestra niña…

––¡Vamos! Entiendo que es feo lo qué pasó, pero estás diciendo una pavada ––no dejó que Luisa terminara de hablar. Él también estaba asustado aunque no quisiera reconocerlo–– Al fin, ¿qué es lo que te dijo?

–– Me dijo…

En ese momento entró corriendo Carla, parecía asustada, lo estaba, se subió en brazos de su madre, llorisqueaba. Su padre se acercó.

––¿Qué pasa princesa? ––le preguntó Manuel en un tono suave.

––Es Mariel ––apenas se escuchaba lo que decía.

––¿Qué pasa con Mariel? ––insistió Manuel.

––Escuché que me llamaba, miré por la ventana y me llamaba desde el árbol que está cerca de mi ventana. No parecía ella. Tengo miedo.

Manuel dudó un instante, pero no pudo reprimir el impulso, se dirigió a paso veloz hacia el cuarto matrimonial, abrió la puerta de golpe con el temor de no ver acostada a su hija. Suspiró, allí estaba ella, dormida y arropada tal cual la habían dejado. Se sintió torpe, volvió a la cocina a tranquilizar a Luisa y a Carla.

––Todo está bien. Carla, seguro fue una fea pesadilla ––le dijo a su pequeña––. Nada pasa, Mariel está durmiendo en la cama de mamá y papá. Hermosa, solo fue eso, una pesadilla.

––No pa, no fue un sueño ––aseguraba la pequeña algo más calmada––. Ella está ahí ––señalaba ahora el pasillo de la casa–– recién debe haber entrado.

Manuel giró su cabeza hacia el pasillo y pudo verla, estaba parada mirándolos, sonreía, esa sonrisa lejos estaba de la conocida por toda la familia, no era natural, tampoco lo era que se quede estática mirándolos desde un lugar sombrío como lo era el pasillo en esas horas de la noche. Por un segundo miró a su esposa, quien tomaba con fuerza a Carla, mientras algunas lágrimas corrían por su mejilla, volvió a mirar al pasillo, cómo para asegurarse de no haber visto mal, pero no, allí estaba como una estatua sonriendo sin motivo alguno. Era imposible, él mismo había ido al cuarto donde dormía solo unos minutos antes, Mariel descansaba, no era posible que hubiese salido, la puerta estaba a unos metros de donde ellos se encontraban cerrada con llave, y la puerta del fondo también estaba con llave y el llavero lo había puesto él mismo sobre el techo de la heladera de la cocina, un poco temiendo por la pileta que para esas horas ya estaba llena. No quería correr riesgo alguno, la pileta era profunda, los chicos sabían nadar, pero de todas formas siempre le daba impresión una pileta profunda con criaturas en la casa. Sin demorar un segundo se acercó a la heladera, tocó su techo y pudo tantear las llaves, allí estaban, Mariel no había salido de la casa. Pero se preguntaba en el desconcierto, cómo era posible que estuviera en el pasillo, siendo que para llegar hasta ahí tendría que pasar muy cerca de dónde ellos estaban. La tensión, llegaba casi a asustarlo, no le gustaba nada lo que ocurría, no creía en cosas raras, tampoco creía en Dios, pero esta situación lo estaba atontando, no encontraba lógica en lo que estaba ocurriendo. Sin demorar más se dirigió en palabras hacia Mariel, que seguía en la misma postura, observando.

––Mariel, vení, acercate, ¿qué hacés a esta hora levantada?

Mariel no se movía del sitio dónde estaba, Manuel se acercó hasta ella, la niña lo miró con dulzura, cambiando la horrible sonrisa que tenía segundos antes.

––No sé papi, creo que tuve una pesadilla y al despertar estaba en el pasillo.

––Mentira nena, estabas afuera, yo te vi, me llamabas desde el árbol y me asustabas –– la pequeña Carla, ya repuesta, encontraba en esta situación motivo para pelear con su hermana y ganar la partida.

––Bueno ––dijo Manuel–– al parecer el lugar nuevo de residencia no nos deja descansar, les voy a prender la tele, así miran algún dibujito y les agarra sueño.

––Sí, eso es lindo ––Carla se bajó de la falda de su madre, camino al sillón que estaba frente a la tele––. Dale papi, prendé la tele.

Mariel, sin decir palabra hizo lo mismo. Manuel, buscó entre los canales que la señal del lugar ofrecía, algo mala por cierto, hasta encontrar un dibujito que las niñas acostumbraban a ver. ´Necesitaba un rato de tiempo a solas con su mujer para poder hablar de lo ocurrido, sin perder de vista a las niñas. No le gustaba lo que sentía, le parecía hasta infantil, pero no podía evitar sentir algo de miedo, por más que estuviera seguro de encontrar la lógica a todo esto, pues, tenía que tenerla.

––Bueno, la noche se presentó con demasiados conflictos, tenemos que saber qué es lo que pasa.

––Todo está muy mal y vos actuás como que fuera una pavada. No querés ver, es espantoso  ––Luisa, estaba aterrada––. Algo terrible le pasa a Mariel, por momentos no es ella. Nosotros estamos asustados…

––Yo no estoy asustado.

––¡Claro! Si no estás asustado explicame por qué siquiera higienizamos a nuestra hija, luego que vimos su ropa interior sucia con sangre. Eso tampoco es normal, no estamos actuando de manera normal, porque la situación no lo es.

––Bueno, es cierto, pero a lo mejor no lo hicimos para esperar al otro día y que vos puedas mantener una charla con ella, es muy chica para menstruar, siquiera sabe nada del tema.

––¡No querés ver! ––Luisa levanta sin querer el tono de voz, está nerviosa–– la cosa comenzó por la tarde, no quise darle demasiada importancia, pero algo pasó con ella esta tarde.

––¡Vamos Luisa!, no te sugestiones, no somos niños, parece que tu cabeza se está disparando para lugares de ciencia ficción. Seamos razonables. No niego que por momentos es raro, pero creo que vos estás exagerando.

––No exagero, parece que no me conocieras. Todavía no sabés lo que me dijo, no solo en su cuarto, hoy por la tarde también dijo algo impropio en ella.

No pudieron seguir hablando, un llamado desesperado de Carla los sacó de tema. Salieron disparados de las sillas, tenían a las niñas a la vista, pero un segundo de distracción bastó para no poder verlas. Desesperados comenzaron a llamarlas, gritaban sus nombres sin control, recorrían la casa. Entraron al cuarto donde dormía Gonzalo y pudieron ver que no estaba en su cama. El horror de la locura que estaban viviendo los tenía presos. Luisa se acercó a la ventana que daba al costado de la casa y pudo ver algo colgando del árbol de tilo, parecía una figura humana, no podía distinguir bien. A los pies del árbol, estaban Mariel que tenía tomada de la mano a Carla que al parecer quería soltarse y gritaba sin control.

‹‹No puede ser, no puede estar pasando esto›› –– pensaba Luisa, a punto de no tener fuerzas para seguir.

A los gritos fue al encuentro de Manuel, quien ya estaba tratando de abrir la puerta del fondo, entre temblores de temor. El rostro estaba desencajado, el pánico se había apoderado de él cómo jamás imaginó, no podía pensar, en su cabeza retumbaban los gritos de su pequeña. Al fin pudo abrir la puerta, salió disparado, tras él, Luisa casi a punto de desmayarse, las piernas le pesaban, parecía que recorrer esos pocos metros terminaría con ella, el temblor la hizo caer al piso apenas a un metro de distancia del árbol. Manuel ya había llegado y un grito ahogado salió de su boca, llenando las sombras de la noche. Luisa se tapó la cara, no quería ver lo que ocurría entre llantos y gritos de sus seres amados. A los minutos reinó el silencio, ella no se animaba a sacar las manos de su rostro descompuesto, al igual que cada músculo de su cuerpo. La voz de Mariel la hizo salir de ese estado de parálisis de conciencia. Deseaba estar en otro lugar, en su casa, no haber salido nunca de allí. Un nuevo llamado de su hija, logró que sacara las manos que cubrían su rostro. Allí estaba Mariel parada junto a Carla, a quien tenía tomada desde debajo de las axilas sujetándola frente a ella, mostrándole a su madre el cuerpo desvanecido de la pequeña. Cuando Luisa logró comprender lo que pasaba Mariel con una amplia sonrisa le tiró encima el cuerpo de Carla que ya no tenía vida. Luisa la tomó en sus brazos, la besaba sin poder contener los espasmos de su cuerpo. No lograba razonar, no podía moverse. En un momento levantó la vista y pudo ver que el rostro de Mariel se modificaba y la sonrisa daba paso al llanto.

––Mami, mami, ayudame ––pedía llorando––. Tengo miedo.

Luisa no podía ayudarla, no podía con todo lo que estaba viviendo. Sus ojos llegaron a ver a Manuel tirado en el piso, a los pies de quien estaba suspendido en el aire. Como pudo se paró, dejó con suavidad a su niña en el pasto, las piernas parecían no responder, casi a rastras llegó hasta su esposo, él no respiraba, levantó la cabeza y pudo ver que nadie flotaba del maldito árbol, quien allí estaba era su amado hijo Gonzalo estrangulado con una soga que colgaba de unas de las ramas a lo alto. Solo quería una cosa, morirse de la misma manera que se murió casi toda su familia, pero por alguna razón eso no ocurría. Descompuesta, con palpitaciones que parecían querer arrancarle el corazón sin lograrlo. Sintió que alguien le tocaba el hombro. Se dio vuelta vencida ante no poder soportar nada más. Envuelta en el pánico y el dolor, miró a quien tenía parada frente a ella. Por un momento sentía la anestesia de una vida vacía, el miedo se alejaba, nada podía lastimarla más de lo que ya estaba. Fue en ese momento donde su hija le habló, con una voz que no le pertenecía, era una voz ronca, masculina, tenebrosa.

––Eres la elegida para seguir viviendo ––le decía––. Alguien tiene que sufrir por años y esa sos vos querida Luisa. El mal sale a jugar cuando le place, tu familia era un ejemplo de unión y eso es muy tentador. Siento lo de tus hijos ––reía asquerosamente––. Lo de tu esposo, no es para tanto, el pobre ya tenía problemas en su débil corazón aunque lo ignoraba, fue presa fácil, él solo hecho de ver a su hijo colgado del árbol nos arruinó a terminar con él de otra manera, un poco más entretenida, ¿comprendés no? ––vuelta la risa burlona–– Tu pequeña Mariel, ya nos pertenece. Jugamos un rato, al parecer le gustaba el juego, debes saber que es sabrosa la pequeña puta, fácil, fácil, la zorra. Fácil también de convencer de tener un nuevo amigo en la casa de vacaciones. Fácil entrar en ella y poseerla por fuera y por dentro. Pero debes saber que este es el comienzo del juego. No lo comprenderás en este momento, sos una pobre desgraciada elegida al azar, necesitamos un culpable, y ese culpable sos vos. No así tu hija, sabíamos de su fragilidad, sus complejos, sus temores. Sabíamos que tras esa vida prolija, ella escondía algo oscuro que nosotros podíamos ayudar a salir a la luz. Vos no tenés idea, pero esta niña nació para hacer el mal, es mala y por eso abrió la puerta a la posesión. Ahora, tendrás que vivir con esta pesadilla el resto de tu vida. Ella será para el mundo la niña que se salvó de la locura de su madre y para vos será el diablo mismo que te visitará en el psiquiátrico el resto de tu larga vida. Ella es, y será nuestra ––risas, más risas.

El mundo conocido y la cabeza de Luisa parecían querer explotar, eso sentía, todo a su alrededor comenzó a dar vueltas, la vista se le nublaba, le parecía escuchar a su hija, pedirle ayuda, suplicar para ser liberada, llamarla entre llantos. Al fin se desmayó.

Voces extrañas y zarandeos a su cuerpo la volvieron en sí. No lograba comprender lo que estaba ocurriendo. No veía a Mariel entre aquellas personas. Un policía alertó al resto diciendo que ya había despertado. Pudo ver, no muy lejos de donde se encontraba, tres bolsas negras cerradas por completo. Las lágrimas comenzaron a salir sin poder detenerlas. Recordó lo ocurrido. Ya no tenía familia. Algún espíritu maligno se la había robado. Pero, ¿quién creería su historia? ¿Qué lógica encontraría la policía para semejante masacre? ¿Y Mariel?

––¿Dónde está mi hija? ––logró preguntar a los minutos–– No la veo. Necesito verla.

––Señora, por suerte su hija está a salvo. Por el momento no puede verla. Ella está en buenas manos. Ahora tendrá que acompañarnos. Tiene derecho a un abogado.

Esas palabras lograron que en un segundo sepa que la acusaban de haber terminado con casi toda su familia. No dijo una palabra. La levantaron, ya tenía colocada las esposas. Nada le importaba. La subieron a un auto policial, pusieron el auto en marcha y pudo ver, mirando por el vidrio trasero, que parte del personal seguía trabajando en el lugar. Mirando al frente vio una cantidad de personas paradas frente a la casa, quienes a su paso le gritaban asesina. Cerró fuerte los ojos. Los minutos y horas se sucedían sin que ella pronunciara palabra. No tenía sentido tratar de explicar lo inexplicable al común de las personas, tampoco le importaba lo que ocurriera con ella. Solo le importaba morir cuanto antes. Tironeada, mal tratada, insultada, preguntas y más preguntas que se negaba a responder. Al fin la dejaron sola en un cuarto pequeño, con un hilo de luz que salía de una lamparita. Su mente la torturaba repasando lo vivido, ella daba pequeños golpes a su cabeza como queriendo frenar esas cataratas de imágenes del horror sin lograrlo. En ese estado a los pocos días la trasladaron a Buenos Aires. La internaron en un psiquiátrico. Supo que sus padres movieron contactos para lograr que sea internada en un lugar de renombre. La fueron a visitar, la custodia policial permanecía en la puerta de la habitación. Ella se aferró a su madre y lloró como nunca antes en su vida, no podía parar. Al rato pudo calmarse y preguntar por su hija.

––¿Dónde está Mariel mamá? ––su madre la miraba con dolor.

––Mariel está bien, está a nuestra guarda, hemos solicitado la tenencia de la nena.

El padre de Luisa era un prestigioso abogado, sabía mucho, no podrían sacarle a su nieta, ni permitiría que su hija terminara en prisión.

––Mami ––continuó hablando Luisa––. Lo que allí pasó, no es lo que creen, pero es algo que nadie va a creer.

––Tranquila hija, no te pongas nerviosa ––Ana, su madre, sabía de la locura de su hija, temía por ella y por quienes la rodeaban. El dolor de esta madre era infinito.

––No estoy nerviosa, ni soy una asesina. Vos me conocés más que nadie en el mundo ––su padre a un costado escuchaba en silencio––. Sabés que no creo en nada sobrenatural, sin embargo lo que allí pasó tiene que ver con eso.

–– Hija de mi alma, me duele tanto. Mariel relató lo sucedido, esa pequeña fue testigo, pudo escapar. Sabemos que vos sos buena persona, pero estás enferma hijita del alma  ––Ana, su madre, ya no pudo más, el desconsuelo la colmó y las lágrimas brotaban sin tregua––.

––Hija, nosotros vamos a estar siempre a tu lado, acá vas a estar bien cuidada ––su padre intervino––. Mariel a pesar de todo se encuentra muy bien, por eso tenés que estar tranquila. Ella va a crecer rodeada del amor de sus abuelos y en un tiempo prudencial también te va a visitar. ––Augusto, sabía que su hija no saldría por muchos años de ese lugar, tal vez, nunca.

––Entiendo crean que estoy loca, pero no lo estoy, y aunque no crean nada de lo que les diga debo decirles que mi pequeña Mariel, no es la amada niña que teníamos, ya no.

Sus padres llenos de dolor dejaron que su hija se explaye y les cuente la fábula que su mente enferma había creado. La amaban a pesar de todo. Era su hija, ahora enferma, quien les relataba una noche de horror y locura. Ella nunca aceptaría haber terminado con su familia en un arranque de locura que nadie pudo advertir antes. Su pobre nieta había tenido que pasar por distintas dependencias, policiales y psiquiátricas relatando lo ocurrido. Tuvo que exponer a su corta edad los cambios que fue notando en su madre hasta llegar al desenlace de la locura absoluta de creer que su familia quería matarla, desconocerlos, creyéndolos sus enemigos. Tuvo que explicar cómo primero desmayó de un golpe a su hermano mayor, sin notar siquiera que ella estaba detrás observando paralizada por el miedo a tal punto que no pudo gritar para despertar a su padre que dormía en un cuarto cercano. Luego Salió corriendo como una loca y ahorcó a su pequeña hermana, mientras eso ocurría, ella estaba escondida debajo de la cama, minutos antes al ver lo sucedido con su hermano, notó que no le salían las palabras, no sabe la razón, cree que el miedo provocó que se quedara muda, pero como podía moverse, no supo qué hacer, pero el terror de que su hermana fuera atacada la condujo hacia su habitación, trató de despertarla, cuando al fin lo logró, sintió que se abría la puerta del cuarto, asustada se metió bajo la cama, allí escuchó los ahogos de Carla antes de morir y la risa de su madre, quien decía palabras que no llegaba a comprender bien. La maldecía e insultaba, también le decía que no podrían ganarle, que no lograrían terminar con ella. Al fin se fue del cuarto llevando a Carla en brazos. Al rato se asomó a la ventana y pudo ver cómo su madre miraba para todos lados y luego de asegurarse de no ser vista colgaba una soga en el cuello de su hermano ya muerto, una soga larga, que tras varios intentos logró enganchar en una rama alta del árbol, luego pudo verla trepar al árbol y desde allí arriba tironear de la soga hasta elevar el cuerpo de Gonzalo. Arriba del árbol algo hizo con la soga, tardaba en bajar, y mientras su madre permanecía arriba del árbol, escuchó un portazo, tenía mucho miedo, y no sabe por qué no podía dejar de mirar, pudo ver entre las sombras que se acercaba una persona, era su padre, por un momento se sintió bien, estaba segura que su padre terminaría por detenerla, pero en lugar de eso lo vio caer al piso como desmayado al ver a Gonzalo y muy cerca a Carla, su pequeña hermanita sobre el pasto del lugar. A los pocos minutos, vio movimientos en el árbol, supo que era su madre, que vendría por ella. No sabe cómo, pero empezó a correr, salió de la casa corriendo sin saber hacia dónde. A una cuadra había una casa, golpeó la puerta, necesitaba ayuda, su madre había enloquecido. Allí la recibieron y llamaron urgente a la policía, contó también lo buenas que eran esas personas que la atendieron y abrazaron con fuerza mientras ella al fin pudo comenzar a llorar.

Los padres de Luisa iban a verla al menos dos veces por semana, no había cambios en la apariencia de su hija. Se la veía desmejorada, siempre lloraba. No había logrado la terapia sacarla de su estado de desconocimiento de los hechos. La negación se había hecho carne en ella, la locura la tenía atrapada en su absurdo relato. Ya no había esperanzas, los tratamientos no daban resultado alguno. El tiempo pasaba inexorablemente y a los tres años de ocurrida la desgracia de toda la familia, ante la insistencia de Mariel de ver a su madre, con la debida autorización de la psicóloga de la niña, sus abuelos la llevarían una vez por semana a verla. Los médicos que trataban a Luisa aseguraron que no existiría problema alguno, la medicación la mantenía muy calmada, nunca en este tiempo tuvieron con ella ningún problema, ni lo tendrían, ellos sabían que no estaba en condiciones de dañar a nadie, la medicación era la adecuada para estos casos. Al fin llegó la primera visita. Mariel no pudo contener algunas lágrimas al verla, se acercó a su madre y le dio un fuerte abrazo y varios besos. Luisa, muy tranquila, los recibió con agrado al tiempo que le decía lo grande y bella que estaba. Su mirada era de amor, aunque por momentos se nublara su mirada, tal vez los remedios, tal vez el miedo. La niña pidió que la dejaran un rato sola con su madre, quería contarle algunas cosas de su vida y le molestaba que las estén observando. Sus abuelos asintieron, luego de consultarlo con el médico de Luisa.

––Mami, mami, al fin logré que me dejen verte ––ya su voz comenzaba a manifestar el cambio al entrar a la adolescencia, sus rasgos también demostraban el paso del tiempo.

––Mi nena, mi pequeña ––Luisa a pesar de saber más de lo que todos creían no podía dejar de mirar a su amada hija, acariciarla, besarla, hasta se podría decir que en esos minutos era feliz.

–– Mamita, tengo tanto que contarte. Los abuelos son tan buenos conmigo, voy a una escuela de lujo, hago deporte, tengo muchos amigos nuevos y me gusta saber que vos ––la voz de Mariel comenzó a cambiar, poco a poco, más ronca, masculina, asquerosa–– maldita perra jamás saldrás de este lugar. Pero hay algo que me llena de placer, ¿sabés qué es? ¡Claro que sí, maldita desgraciada! Ahora te voy a visitar cada semana, te recordaré que esta muñeca nos pertenece y que el único fin que tiene en su vida es torturarte a vos y, al pasar los años, a todo el país. Esta asquerosa niña logrará lo que se proponga, no sin antes matar a quien se interponga en su camino. Ella, será reconocida, muchas puertas se abrirán a su paso. Será abogada, una gran abogada al igual que su abuelo, pero llegará mucho más lejos que ese honesto abuelito. Presidirá la nación y arruinará muchas vidas.

––Deja en paz a mi pequeña, maldito. ¿Quién sos?

Luisa estaba medicada, mantenía cierta pasividad ante el horror de escuchar a quién, por intermedio de su hija, mató a su familia y les quitó la posibilidad de elección en esta vida.

––Shh, no levantes la voz, van a venir a quitarte la posibilidad de ver, aunque sea unos segundos, a tu monstruito.

––¿Quién sos?

––¿No creerás en la pavada del diablo? El oscuro ángel inventado por el hombre ––su voz, los gestos y hasta la cara de Mariel sufrían transformación a medida que el invasor se entusiasmaba en el relato. El rostro de la niña estaba demacrado, tenía diferentes cortes de los cuales salía un líquido blancuzco, los ojos parecían inyectados en sangre––. Solo soy un alma más de tantos que quedamos luego de morir deambulando, aprendiendo, descubriendo al fin que dejando el cuerpo tenemos poder, un poder que muchas usamos. Algunas almas bondadosas, se escapan a nuestro paso, el limbo las atormenta, esas sí están perdidas, son débiles por naturaleza. Otras jugamos con ustedes desde todos los tiempos. Pero debo decirte, este tiempo es especial para nosotros, aprendimos a unirnos, en esa unión la maldad que reina hoy día sobre vuestro suelo. Pero lo mejor llegará cuando tu perra niña sea mayor, allí el hombre verá lo que puede hacer una legión de almas que no se olvidaron de ustedes. Ahí la gran guerra, humanos despedazados encontrarán el fin y en el mundo reinará el silencio de voces benignas, se matarán unos a otros por un poco de agua.

––¡Maldito! ¿Qué ganan con eso?

––No se trata de ganar o perder, al fin no comprendés nada, sabía que eras estúpida, no creí que tanto. ¡A ver si puedo ser claro con vos! Nosotros lo único que hacemos es volver a la vida, esa vida que nos pareció corta. Claro, hemos descubierto que potenciamos al hombre que invadimos, somos dos pensantes en un solo cuerpo. Somos un huésped activo en comunión. Tu hija, es una asquerosa persona, una mala semilla que ayudo a germinar la maldad que generó y generará. Esa maldad solo está potenciada. Nunca te olvides de eso, ella no es un angelito poseído. Ella, te aseguro, disfrutó al ver a su familia destruida, disfrutó al verte lejos de su vida, siempre sintió que eras poca cosa para ella, disfrutó al terminar viviendo con sus abuelos que le brindaron y seguirán brindando toda su atención, de los cuales sacará todo el provecho que pueda, heredando no solo sus bienes, sino todos los contactos necesarios. Ustedes aprendieron muchas cosas, nosotras también, aunque te cueste creerlo, tu creación, tu hija es muy inteligente,  persigue los mismos fines que muchos, hasta esos que parecen inventar medicinas para alargar la vida al hombre, buscan lo que todos buscamos. Poder. Es por eso que las almas buenas ––no puede evitar una ronca carcajada––, no encuentran destino alguno.

Luisa, a pesar de la medicación, estaba alterada, no soportaba el terror, asco, dolor, impotencia de la imagen distorsionada de su hija. Sus palabras, su áspero tono de voz, su burla, dieron comienzo a unos movimientos que parecían querer moverse atacando a quien tenía frente a ella.

––No quiero verte nunca más, no respondo de mí ––desesperada, en un tono de voz muy bajo, le decía estas palabras a quien de ninguna manera podía reconocer como su amada niña.

––¡Vamos perra, reaccioná! ¡Vení, terminá con la pesadilla! ––el rostro de Mariel, era irreconocible en estos momentos, al igual que el sonido monstruoso que salía de su boca dando forma a las palabras.

––¡Enfermera! ¡Auxilio enfermera! ¡Doctora! ––Luisa comenzó a gritar pidiendo ayuda. Necesita urgente que alguien sacara a esa maldita de su lado.

––¡Vamos inútil! ¡Vení! ––provocaba–– Antes que vengan por mí, no quiero dejar de decirte que tu hijo pesaba bastante, tuve que generar en la zorra de tu hija mucha fuerza para que lograra colgarlo del árbol… era necesario, tenía que cerrar una historia convincente. Una pequeña no tendría fuerza para subir al asqueroso, ¿sabés por qué? Porque se probó que lo ahorcaron primero y luego lo subieron al árbol para simular un suicidio ––se reía cómo un animal.

Luisa no pudo soportar, su cabeza parecía explotar, los calmantes dejaron en ese momento de hacer efecto, se tiró con fuerza sobre la pequeña. La pequeña, que era muy lista, ya se había acercado al botón para llamar con urgencia a una enfermera, en menos de tres segundos personal del lugar la estaban inyectando. Sus padres, abuelos de la niña, lagrimeaban mientras sostenían a Mariel que lloraba sin consuelo. Antes de quedar adormecida por la medicación intravenosa que le aplicaron, miró por última vez a su hija, allí reconoció su rostro, sus hermosos ojos, su carita de muñeca. También llegó a ver la sonrisa burlona que le dejó de recuerdo.

Por años prohibieron la visita de Mariel, los ruegos de la niña, luego adolescente, no daban lugar a esa posibilidad. Ella se mostraba dolida, amaba a su madre y así lo manifestaba. Ya adulta, supo abrirse camino, se recibió de abogada, estudió ciencias políticas. Sus abuelos, primero su abuela, luego su abuelo, murieron. Ella era una mujer con abundancia en bienes, heredados de sus amados abuelos, parte de los mismos la ayudaban a crecer en política, tener fuerza ante otros, junto a su capacidad y facilidad para conseguir cuanto se propusiera. Su candidatura a presidente de la nación estaba lanzada, las encuestas la tenían muy arriba del resto. Era un buen momento, no necesita permiso de nadie para visitar a su desgastada y enferma madre. Así lo hizo.

El jardín del lugar fue el permitido para esta visita, tan importante, tan de cuidado. El dueño de la clínica que recibía no solo la jugosa cuota mensual por alojar allí a Luisa, sino también miles de pesos donados de la maravillosa capacidad de amor de su sufrida hija, convertida ahora en una de las personas más importantes del país. No deseaban correr ningún riesgo. Ella solicitaba privacidad, ellos se la otorgaban, estarían a una distancia prudencial controlando todos los movimientos de la paciente. Mariel aceptó, le parecía razonable y lo agradecía.

––No la voy a atormentar quedándome demasiado tiempo, sé que no le hago bien, aunque duela en lo profundo del alma –– les había dicho––. Pero necesito ver a quien a pesar de todo amo, es mi madre ––despertaba admiración––. Necesito solo unos minutos para decirle cuánto la amo. No puedo ejercer el cargo de presidente ––dijo entre risas amorosas, apuntando a su verdadero interés––. ¡Vamos! ––sonreía, era encantadora––. Estoy convencida que ganaré esta elección. Me preparé muchos años para dirigir con honra este hermoso país ––todos la adulaban, sabían cómo reaccionar ante esta visita de alguna manera, en secreto, hasta deseada, por médicos, asistentes y el mismo dueño del psiquiátrico.

––El jardín del lugar le encantará. ¡Ya verá! Su madre la espera bajo un frondoso árbol de tilo. Sabe el tilo está en flor, también disfrutará de su aroma ––agregó la asistente, mientras la dirigía al encuentro de su madre.

––No podía ser mejor, amo los árboles de tilo.

––Qué alegría, ya llegamos, allí está, puede verla. Está algo cambiada, el tiempo pasa para todos.

––Nunca dejaría de reconocer a mi madre, ya me emociono, disculpe ––hizo el gesto de secarse una lágrima inexistente.

––Nada que disculpar querida. Es una hermosa persona, se nota.

––¡Gracias! Aquí ya me puedo dirigir sola, prometo no demorar ––se acercó a la asistente dándole un beso y abrazo.

Luisa se balanceaba en uno de los bancos del lugar, parecía ida aunque era consciente de cuanto ocurría. Sabía que su hija la visitaría, se lo habían informado. No le afectaba, el dolor permanecía en ella desde aquellas vacaciones y nada podía empeorarlo, ni siquiera estar cerca de quien arruinó su vida, de quien la obligó a escuchar las cosas más espantosas. Sabía que nada podía hacer, sabía su alma buena era destinataria a vagar en el limbo sin encontrar lugar el día que partiera, ahora temía partir.

––¡Hola mami! ¡Hola mamita del alma! ¡Cuánto te extrañé estos años! ¡Qué alegría verte! Hace tanto que quería estar unos momentos con vos.

––Hola ––su voz carecía de entusiasmo. Algo dopada, muy cansada.

––No te voy a entretener, sé que no tenés que ponerte nerviosa. Ahora soy grande y entiendo muchas cosas.

––Muy bien ––respondió Luisa–– ¿A qué has venido? ¿Algo más tenés para decir?

–– Solo quería que supieras que todo sale según lo planeado. Quiero agradecer por tu silencio. Sé que te medicaron mucho más luego de mi última visita. Pero sé también, que recordás cada palabra dicha.

––No creas que no hablé para protegerte, no soy tonta, pude usar lo sabido, dejar que no crean una sola palabra y que el tiempo demuestre que eran verdades las que salían de mi boca. Solo era cuestión de saber esperar. Ellos podrían cotejar tus avances en el estudio, la carrera elegida, ahora tu postulación a presidente  y seguro en unos meses tu triunfo.

––Cierto, entonces…

––¿Por qué no abrí la boca?

––Eso, era una manera de obtener razón o al menos la duda quedaría en muchos.

––Justamente, muchos dudarían y en este tiempo podrían entorpecer tu camino al éxito, eso  lo sé, sería el fin para esas personas. Por eso mi silencio. No participaré jamás en tu maldita vida victimizando a otros.

––¡Inteligente mi madre! Quería que notaras que ya no necesito modificar la voz de tu perra hija, ya somos uno. Sí mami, tener poder es lo mejor del mundo.

––Es todo, ¿me dejarás en paz?

––Depende de vos.

––¿Qué más pretendés? Soy una persona seca, no tengo nada vivo, solo el cuerpo.

––¡Bien! Ahora la pregunta, si la respuesta es correcta, no volverás a vernos.

––Escucho.

––¿Creés en los monstruos luego de saber todo lo que sabés?

––No, no creo en ellos. No hay ellos. Hay solo uno, el hombre.

––¡Excelente! Por algo tu semilla es tan inteligente. No existe monstruo peor que el hombre, en vida o fuera de ella. No volveremos a vernos. Solo deseo que tengas vida para poder contemplar la tercera guerra mundial que me encargaré de generar desde este país casi caído del mapa. Te amo mamá.

No la volvió a ver, el tiempo comenzaba a dar la desagradable noticia de encontrar al mundo en las puertas de la tercera guerra mundial. Luisa, ya anciana, leía el periódico bajo la sombra del tilo, el nombre de quien fuera su hija resaltaba en él con argumentos políticamente correctos. Lo peor llegaría. Luisa no estaría para verlo. Cansada, cerró los ojos. No los volvió a abrir. Su cuerpo se secó como hace años estaba su alma.

 

FinDe aquí y allí almas de maldad

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