Terminé comprendiendo

Una tarde noche, como cualquier otra, es no prestar atención a lo cotidiano.

En definitiva, lo cotidiano, es eso, cotidiano.

Una sonrisa, un enojo, vuelta a sonreír.

Hablar lo necesario, hablar de más, nada importante.

Es una tarde más.

Llegamos a casa, intento bajar del auto, un fuerte dolor de cabeza y las piernas que no responden.

No era una tarde más, era el fin de la vida tal como la vivía.

Al despertar del accidente cerebro vascular (acv), ¡no sé qué día!, no lo recuerdo, mis hijas y esposo allí estaban.

La alegría en sus rostros, la esperanza en sus miradas, los besos y caricias, las muecas que en forma de sonrisa podía ofrecerles.

Algunos amigos que me cuesta reconocer.

Al tiempo, poco, poco tiempo, regreso a casa.

Pero muchas veces mi casa ya no era mi casa.

No podía reconocerla, quería salir corriendo con las piernas que no responden, en busca del hogar perdido.

A las horas podía ver mis cosas en ese lugar que, sí, era mi casa.

Una silla de ruedas, la televisión y mi familia acompañando.

Y algunas veces me confundo, algunas veces tengo miedo, algunas veces pido ir a algún lado olvidando que no puedo caminar y para ir donde quiero necesito mis piernas.

Porque ese lugar que surge como recuerdo actual de aquella juventud que supe tener, me invita a ir a bailar, bailar como lo hacía en aquel tiempo.

En algún momento me enojo, no entienden que quiero ir a bailar.

Pero ellos, ellos me cuidan y miman como eso que fui.

Una mujer especial, un poco loca, un poco cuerda.

Con mucho amor para dar.

Mucho amor dado.

Por eso puedo mirarlos y dejar caer alguna lágrima.

Amo con el alma a aquellos que me rodean, cuidan, miman.

Me cuesta mucho hablar.

La mayoría de las veces gestos y señas son mis aliados.

Me cuidan y sus horas pasan junto a mí.

No quieren que nada me falte, se olvidan por momentos de sus necesidades para cubrir las mías.

No quiero eso.

Los amo.

No lo puedo expresar, solo sentir.

Más de cinco años pasaron de aquella tarde noche, igual a cualquier tarde noche.

Mi cuerpo no quiere mejorar.

Mi cabeza permite que cada día comprenda menos, que cada día sepa menos de lo que acontece a mí alrededor, que menos palabras logre sacar hacia fuera de mi mente.

Allí quedan, se acumulan dentro de mí, jamás podrán salir, jamás podré mantener un diálogo.

Algunas veces termino internada, ¡no sé por qué!

Allí estoy en ese lugar que desconozco, me quiero ir, me contienen, ellos a los que amo y me aman.

Allí están.

Un día, algo pasó, sentí el dolor, estaba en el suelo y luego vuelta a internar.

Y ellos ahí, a mi lado.

Una operación, mi cadera se rompió.

Y ellos ahí.

No puedo recuperarme, ya no puedo hablar.

Solo puedo mirar.

Y se complica, mi cuerpo no quiere recuperarse, mi mente no lo acompaña y él siente que no tiene necesidad de recuperación.

Rezo, miro, escucho.

Puedo verla, mi madre, muerta hace muchos años, me visita.

Los que me aman, no quieren desprenderse.

Solo quejidos salen de mi boca.

No puedo alimentarme, ya no puedo comer.

Enfermeras y médicos manosean mi cuerpo agotado.

Me gustaría poder decir que necesito irme, que mi madre me espera, que no partiré sola.

Pierdo el temor a la partida, ella está aquí, me está esperando.

Me van a extrañar, pero ya no puedo bailar, no puedo reír, no puedo contar que allí donde voy, los que me amaron aquellos días, esperan por mí.

Tuve todo lo querido, porque lo querido me quiso.

En este momento comprendo que no solo ellos no quieren que parta.

Tampoco quería partir, deseaba algunos momentos más para ver los ojos y sentir el amor de mi familia.

Ahora comprendo, la fuerza del amor me retiene.

Ahora comprendo, otro amor, ese que supo en un tiempo tenerme en brazos, verme crecer, verme reír, me está esperando.

Su llamado es fuerte.

La vida y la muerte es solo un nuevo comienzo.

Hacia allí voy.

Sonrío.

Deseo comprendan la sonrisa en mi rostro.

Alba

(En memoria de mi tía)

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