escalera-al-cielo. sostén de vida 2

Sostén de vida

 

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Una mañana, como cualquier otra, preparo el desayuno, el día gris, frío, alienta mi deseo de no salir de casa, salvo, sea de necesidad imperiosa.

Sonrío, mirando desde la ventana las primeras gotas que llenan el vidrio de finas tiritas de agua, limpio con la mano lo empañado por la diferencia de temperatura y sigo observando.

Algunas personas caminan por las veredas saltando algún charco que ya comienza a formarse, todos apurados, todos abrigados, con paraguas coloridos, que parecen ser lo único que modifica el gris en un día lluvioso.

Dejo aquellas imágenes para comenzar a realizar alguna tarea hogareña.

Los cuartos de casa vacíos, mi familia está cumpliendo sus tareas fuera de casa.

Enciendo el equipo de música para tratar me movilice ante la tarea a realizar.

Desde el lavadero, escucho sonar el teléfono, sentí un escalofrío, la ropa que tenía en las manos se cayó al suelo, miré un segundo aquella blusa blanca que acababa de pisar en el apuro de llegar a atender antes que se corte la comunicación.

Una mueca de sonrisa se me escapa al mirar el número que marca el identificador de llamadas, es mi hermana, seguro tiene novedades de ese asunto que la tiene preocupada, espero sean buenas noticias. Las noticias son buenas, charlamos un largo rato, hablamos de los chicos, de sus logros, del tiempo que pasa sin que siquiera lo notemos.

¡Bueno!, ¿y ahora qué? El timbre de casa suena de manera insistente, con el tubo en la mano, le digo a mi hermana que no corte que enseguida seguimos charlando, no espero a nadie, supongo es algún empleado de correo que trae correspondencia.

No es un empleado de correo con la correspondencia, es un agente de policía.

Me provoca un temblor difícil de explicar.

Con la voz entrecortada le digo a mi hermana que se quede en línea que no me gusta nada atender al oficial.

Al fin, decido abrir la puerta, me acerco a la entrada, la mirada de aquel hombre entre pena y deber, me atemorizó aún más.

La espantosa noticia llegó, no se puede escapar de la realidad, cae sobre  tu existencia sin piedad.

Mi hermana que pudo escuchar lo ocurrido se despide de mí, logro escuchar algo confundida que viene a casa de inmediato.

Las palabras del oficial retumban en mi cabeza, sufro, quiero repetir el desayuno de esta mañana donde todos estábamos bien.

Dentro de esos pensamientos permanecí algún tiempo, ahora escucho la voz de mi hermana que me pide le abra la puerta.

Lloro, lloro mucho abrazada a ella.

Me recuesto en un sillón sin saber que debo hacer.

Al rato la casa se llena de gente, abrazos, sollozos, llanto, movimientos y llamadas a diferentes lugares para realizar el velorio.

Parezco inútil, lo soy, mis seres queridos se ocupan de todo. Simplemente no puedo hacer nada.

Despedimos a mi hijo, ese espanto deja mi vida en estado de desconsuelo, no puedo superar su prematura partida, no me interesa nada más de lo que pueda ocurrir en los días que pasaré viva.

La familia, las charlas, mi esposo, el psicólogo,  no logran sacarme del estado de padecer vivir.

¡No puedo perderlo!, ¡no puedo perderlo!, no puedo vivir sin él.

No logro siquiera comprender que un conductor estúpido, arrancó la vida de mi pequeño.

Recordando su sonrisa, logro escuchar el sonido de su voz, sé al instante, que ese sonido no lo provoca mi mente, llega desde su cuarto.

¿Me estaré volviendo loca? Si es así, tengo derecho.

Deseando estar loca, voy a su cuarto, no puedo perderme el placer de aquello que escucho. Allí está, sentado en su cama, como esperando mi llegada.

No puedo tocarlo, es solo una imagen, pero sí puedo hablarle, sí, puede responderme.

La vida tomó un giro que resucitó mi alma muerta. Mi pequeño charla y se ríe, como en aquellos días que su cuerpo de carne y hueso lo acompañaba.

Me cuenta muchas verdades, me visita diariamente en diferentes horarios.

Es fácil percibir su llegada, antes de su presencia el ambiente se llena de olor a rosas y jazmines.

Vuelvo a sentir la alegría de vivir, con él cerca, la vida es valiosa nuevamente.

Planeamos cosas, compartimos vivencias, permanece cerca nuestro ayudándonos a prevenir algún peligro. Junto a él, hay otros amados que también partieron. Les pido ayuda si algo me entristece. Nos reímos y hablamos de cosas que muchos no comprenderían.

Aquellos que se niegan a creer en mis palabras, no logran verlo, no logran comunicarse con él.

Mi marido, con el tiempo comprendió que esta es la forma que puedo tener para ser feliz a pesar del dolor.

Siento pena por él, no puede seguir viviendo con nuestro hijo, porque lo establecido como norma no se lo permite. Se niega a creer esa posibilidad.

Otros se ríen, otros se confunden, otros sienten lástima por mí.

No tiene importancia.

Dios es poderoso, logra no ser visto por nadie, logra sientan su presencia aún en esa forma invisible. Las personas que creen en él son consideradas afortunadas por poseer esa fe que los mantiene unidos en sus creencias, son respetados, considerados a nivel mundial como sanos mentalmente.

Pero a nosotros, aquellos que creemos que nuestros seres amados, esos que ya no están en cuerpo sobre la tierra, nos acompañan, nos ayudan, nos cuidan y hasta logran comunicarse con nosotros, somos tratadas como pobres personas aferradas a aquello que necesitamos creer para seguir adelante.

¿Acaso no es lo mismo?

Los hombres inventaron a Dios, como compañero de vida para que sea su sostén en esta vida, es válido, no daña, es su necesidad ante aquello que lo perturba, desde la sociedad sin organización, hasta la calma de espíritu.

¿Están locos?

Yo tampoco.

Si en definitiva, la vida, es aquello que sentimos en cada segundo.