camino

Lograr unión

camino

La ruptura de aquella valiosa relación, estable, compañera, salpicada de encuentros, desencuentros. Amigos de las reconciliaciones frecuentes.
Desestabilizó, los días siguientes, el andar seguro que ella tenía.
Extraña y detesta su pasada relación.
No logra visualizar el amplio sendero por el que camina.
Allí, en aquella biblioteca, buscando material para los próximos finales, de materias muy opuestas, ambos concentrados en la búsqueda y cercanía del comienzo de una nueva etapa con el título obtenido. Soñando con trabajar para lo que se habían preparado, coincidiendo en un pasillo, sin intención alguna rozaron sus brazos, descubiertos, suaves, tibios.
Ambos levantaron la mirada para disculparse.
Lograron verse.
¿Cuestión de piel?
No lo sé.
Ambos regresaron durante varios días en el mismo horario, algo sonrosados cruzando miradas.
Llegó la sonrisa, llegó el diálogo.
Llegó el encuentro, llegó la amistad.
Llegó el amor.
Camina segura, la relación se funde en amor profundo.
Visualiza el sendero por el que camina en todo el recorrido.
Él, está a su lado.

jazmin

El abuelo

jazmin

Suena el despertador, sonríe.
Se levanta, una nueva mañana lo espera.
La rutina se ha hecho amiga de quien supo no tenerla.
Con movimientos lentos, no de fatiga, no de hastío, ni cansancio,
llega al baño, se asea.
Vuelve a su habitación.
Elige su ropa cuidadosamente, combina los colores, su vestimenta en tonos beige, marrones.
El sol penetra por la ventana de la cocina, le roba otra sonrisa.
Listo el desayuno.
El jardín con todo su esplendor primaveral, lo espera, al igual que su perro moviendo la cola llegando antes que él a la mesa dispuesta en el lugar.
Observa, acaricia a su mascota.
Huele, atrapando en su memoria los olores del entorno, jazmines, madreselvas, fresias.
¿Podía pedir algo más?
Si.
La llegada de sus hijos y nietos en la próxima hora.
Vuelve a sonreír.
Planea juegos.
¡Quiere jugar!

Sueño astral 2

Cuando nadie nos ve

Me veo descansar.

Me elevé sobre mi cuerpo, como pluma suspendida en el aire por la brisa otoñal.

Me sorprende la imagen de la ropa de cama y mi rostro tranquilo, con una pequeña mueca indicando una sonrisa hacia ambos lados de la boca.

Miro alrededor y noto mi cuarto más bello de lo que suelo verlo día a día.

Me alegra sentir que el buen gusto en la decoración, casi olvidado por la costumbre, surge en mí como renovando cada objeto colocado en élSueño astral 2

Disfruto al observar a mi esposo.

Su cuerpo muy junto al mío y uno de sus brazos posado sobre mi cintura a modo de intento de abrazo.

No era conciente de esa cercanía onírica.

Ahora noto su existencia.

Me complace saber.

Comienzo a comprender que sin forzarlo estoy en medio de un viaje astral, ese viaje del que tantas veces escuché hablar y me negaba a considerar como real.

Aún no me animo a abandonar el cuarto.

En él, está mi cuerpo, al verlo me siento segura, temo dejar de tenerlo dentro de mi campo visual.

Visual sin los ojos que eran el único medio conocido hasta hoy para poder ver.

Tampoco sé que hacer, no he intentado moverme.

Simplemente me descubrí en este estado observando mi cuerpo desde arriba, casi desde el techo de la habitación y allí me quedé.

No entiendo el movimiento sin materia y la materia que poseo se encuentra descansando sobre mi cama.

Pero, el sentimiento de flotar indica algún tipo de materia invisible.

La energía que poseo ¿intenta ser materia?

No sé la respuesta.

Entiendo debo intentar aprovechar este viaje.

Algunas cosas solo suceden una vez en la vida y este puede ser el caso.

Intentar el movimiento no va a generar que mi cuerpo desaparezca aún cuando yo esté lejos de él.

Noto con satisfacción el desplazamiento suave de mi estado actual.

Recorro los diferentes ambientes de mi hogar, redescubriendo cada rincón.

Queridos espacios con parte de mi historia de vida.

Amo a mis hijos a los cuales puedo ver moviéndose en intento de despertar.

Poco a poco, de a uno se incorporan y retoman el estado de vigilia.

Llega el momento.

Debo regresar a mi cuarto, dejar de viajar, ellos van a desear desayunar.

Vuelvo a mirarme desde arriba.

Solo debo bajar y posarme sobre lo que en este momento es la visión de mi persona.

He bajado.

Allí solo en la superficie he quedado.

Comienzo a comprender.

No es un viaje astral.

Mi cuerpo yace muerto.

Mi vida ahora está aquí.

No podré consolarlos.

Solo podré acompañarlos, observarlos, esperarlos.

No siento tristeza, solo siento paz

Hombre en oscuridad

Ese lunes

Un lunes como cualquier otro lunes.
El reloj, indicaba que ya tenía que tomar la cartera, dar los pasos necesarios, salir de casa.
Aunque ese lunes en particular, me retuvo una molestia que sentía en el pie derecho…
Solucionado el inconveniente, salí presurosa, diez minutos tarde, parece nada, pero en ocasiones, o en todas las ocasiones, diez minutos lo cambian todo.
En el momento que me encontraba cambiando el calzado que era el causante de la molestia que impidió salga a horario de casa, pude escuchar un ruido desconocido, un ruido ensordecedor, que te saca inmediatamente de la tarea que estás realizando, para poder visualizar que está ocurriendo.
¡Claro, siempre es así!
Ocurre que estaba ocupada, retrasada.
Solo me sobresalté, asusté, preferí enterarme luego de que se trataba, no disponía del tiempo necesario para poder ver lo que estaba ocurriendo.
Al abrir la puerta, salir, dar solo unos pasos,comencé a notar un cambio que atemorizaría a cualquier persona.
En el jardín de casa ya no quedaban flores, el pasto estaba aplastado, amarillento, envejecido.
Mis mascotas, dos perros, muertos, en un estado de parálisis sin aliento, como rocas, como estatuas de pie.
Quedé atontada ante el horror de lo inevitable.
Girando la cabeza que en ese momento miraba al fondo de casa, pude ver en el frente a Sonia, mi vecina, una señora mayor rutinaria que en el mismo horario en el que yo salía a cumplir con mi trabajo, ella pasaba por el frente de casa para realizar las compras diarias, todos los días, el mismo horario, todos los días el mismo saludo de buenos días.
Sonia se encontraba en la misma postura que mis mascotas.
Sonia tampoco tenía vida.
Los gritos de alguno de mis vecinos que se animaron a salir, lograron sacarme del estado desesperante en el que me encontraba.
Ellos hablaban a los gritos, pudieron ver una luz intensa que acompañaba el sonido, temieron y se ocultaron.
Otros los que se encontraban fuera de su hogar, quedaron de la misma forma que Sonia y mis mascotas.
No puedo dejar de pensar que en ese instante estaría dando los buenos días a mi vecina y que ahora todos me estarían mirando como lo hacen con ella y algún otro animal o persona que quedó petrificada.
Cincuenta años pasaron desde aquel lunes que una molestia en el pie, cambió mi historia y la historia de la ciudad donde vivo y la de muchos de sus habitantes.
Llegaron reporteros, investigadores, de nuestro país y del extranjero.
Nunca se supo que había ocurrido.
Hasta el día de hoy, se habla de ese lunes.
Yo salvé mi vida.
Mi vida física.
Jamás pude reponerme, de la historia que les cuento.
Crean que muchas veces he soñado con encontrarme junto a Sonia y mis mascotas.
Pero la realidad es otra.
Tengo ochenta años.
Hace cincuenta años, que vivo presa de un ser que no es humano, que supo entrar a mi casa tras de mí cuando salía presurosa.
No tiene gran tamaño, no supera la altura de una gallina.
A pesar de eso, pasé a ser su objeto de investigación.
No pude liberarme, su deseo es mi silencio, debo cumplir.
No encontré manera, ni ruego que lo haga cambiar de parecer.
Si no obedezco, lo que pude oír y ver hace cincuenta años, lo vería la humanidad toda y de eso me hace responsable.
No puedo ser responsable de semejante fin.
Juega conmigo desde entonces.
Nunca pude volver a ser quien era.
Aunque todos los que se han relacionado conmigo han creído que al tiempo del episodio me había recuperado.
Pero no, viví todos estos años aterrorizada por ese ser.
Hoy escribo esta nota.
Hoy lo mate.
Hoy nada ha ocurrido en el mundo.
Puedo verlo desde mi ventana.
Hoy me dí cuenta que perdí mi vida por el temor que me causaba quien se encargó de atormentarme entre las paredes de mi casa.
Una tortura de difícil explicación, con su figura temible y su pequeño tamaño, ganó mi razón y al ganarla ganó mi vida entera.
Hoy digo que esos diez minutos cambiaron toda posibilidad de salud mental en mí y que ya no tengo fuerzas para mostrar a quien yace horrible y muerto junto a mí.
Lo sigo pisando, aunque ya nada pueda hacer.
Lo sigo pisando aunque la enfermera vuelva a inyectarme.
Aunque su voz resuene en mi oído una vez más.
— ¡Basta Emilia! En estos  cincuenta años ya lo mataste infinidad de veces.  Cada lunes.
¡Él no existe!

Hombre en oscuridad