Hombre en oscuridad

Aprender

La taza de leche volcada sobre la mesa.
Un repasador tirado en el piso.
Una mirada fría posada sobre la mía.
Alejarme de la escena nuevamente.
El dolor en el alma y el cuerpo tenso, cansado de tanta impotencia.
Sonidos de llanto, golpe tras golpe, esos, que jamás podré olvidar.
El portazo que luego acompaña el silencio.
Un silencio de soledad, desolación, profunda tristeza y palabras que no salen de mi boca, no encuentro que decir, no sé que es lo correcto, no sé como ayudar.
Muchas veces pienso que es probable que nadie me lo diga, pero sea sin saberlo culpable de tanta violencia.
Caminando muy lentamente, cabeza gacha, vuelvo a la cocina.
Con algo de torpeza, junto las cosas desparramadas en el lugar.
No quiero causar problemas, realizo la tarea, miro reiteradamente hacia la puerta temiendo se abra y llegue él antes que el orden esté restablecido.
Por experiencia sé cuanto lo disgusta volver a casa y ver todo tal cual él lo dejó.
Me apresuro, mi panza hace ruido, un poco porque no pude tomar la leche, otro poco porque estoy nervioso y muy apurado.
Él no se ausenta demasiado tiempo.
Luego de cada golpiza que le da a mi madre, tarda en regresar algo más de veinte minutos.
Supongo, es el tiempo que le lleva pensar como pedirle perdón, llorar sobre su falda, tratar de calmarle el dolor que él mismo provocó.
Es confuso el mundo de los adultos, mamá me dice que me aleje de todo lo violento, que nunca le cause daño a otra persona.
Pero no puedo alejarme de ellos.
Tengo solo nueve años y el miedo me paraliza en cada desayuno, en cada cena.
Solo almuerzo tranquilo porque mi padre está trabajando y escucho a mamá hablándome dulcemente.
Muchas veces la he visto llorando en soledad, no sabe que puedo verla, no sabe que estoy atento a los ruidos que salen de su habitación cuando está sola, menos aún que demoro en dormirme deseando que nada ponga nervioso a papá cuando están juntos.
Mis días de juegos, quedaron marcados por la violencia de mi padre y el perdón que mi madre concedía luego de tratarse las heridas que él le provocaba.
Los años han pasado, ya no soy ese niño callado, solitario, de pocos amigos.
Ahora tengo muchos amigos, la bebida y alguna droga nos acompañan por las noches.
Cuando regreso a casa, miro a ese hombre, algo mayor ya, ni siquiera lo saludo, solo beso a mi madre.
Ella tiene el cuerpo gastado y la mirada casi perdida.
él disfruta aún hoy, de lo único que puede hacer, mirarnos a los ojos con esa mirada vacía y fría.
Ya no bajo la vista, le devuelvo la mirada y esbozo una sonrisa.
Él sabe, ya se lo he advertido, un rasguño que sufra mi madre y conocerá mis puños.

Supongo no pudo resistirlo, le gusta mucho pegar.
Una tarde oscura de invierno, cerro la puerta de casa tras él y nunca más lo volvimos a ver.
No sé que pensarían por aquellos días, esos días que debieron ser solo de juegos para mí.
No sé que pensarían cuando eran conscientes del daño que me causaban.
Pero ahora es historia, el dinero lo gano con el esfuerzo de mi trabajo, aprendí a calmar los dolores con el alcohol y alguna droga.
Muchas veces llego a casa donde estoy viviendo ahora junto a mi esposa y comprendo a mi padre.
Ella me pone nervioso, me mira como reclamando algo, yo no le debo nada.
Entonces comienza a hablar, pavadas que no interesan, aún me altera más.
Aprendí a mirar muy fijo.
Ella no baja la mirada, yo se la voy a bajar.
Le doy una buena golpiza como me enseñó papá.

Hombre en oscuridad

mami

Mami

Era media tarde de un día como cualquier otro, un día sin demasiadas expectativas.
Sentada sobre la cama, intentaba despertar de una breve siesta.
Atravesaba las finas cortinas una suave brisa de verano,dando la sensación de un baile clásico en sus movimientos.
El sol acompañaba el perfume a jazmín que inundaba la habitación.
Allí, sentada en el borde hundiendo apenas el colchón, muy cerca de mis rodillas te encontrabas vos.
Tu mirada reflejaba amor, tu sonrisa armonía.
Por unos segundos me quedé observando la imagen de tu persona desbordando de ternura.
Al instante retumbaba en mi cabeza la posibilidad de intentar un diálogo envuelto en preguntas.
No realicé movimiento alguno para evitar cometer un error y dejar así de tenerte cerca.
Al fin, unas palabras lograron escapar de mi boca.
¿Cómo estás? ¿Podés ser feliz?
La sonrisa en tu rostro, fue más extensa, muy notoria.
tu mano se acercó a la mía y la tomaste entrelazando tus dedos en los míos.
Mis ojos no podian dejar de mirar esa hermosa cercanía fundida en el amor de dos seres que no deseaban lejanía.
Muy suave, muy lento, muy bajito, tanto que me costó escuchar y tuviste que repertirlo inundando mi cabeza con tus palabras.
Lo comprendí.
Eras feliz.
Me pediste que te deje ir.
Me pediste no te llame en cada momento de inseguridad, angustia, miedo.
Me dijiste que me habías preparado para afrontar el juego mágico de la vida.
Que no tema el andar aún en los pesares.
Que la vida y la muerte son nuevos comienzos.
Entonces, pasados catorce años me despedí de aquella persona que me dió la vida.
Aquella, que marcó mi camino, con aciertos y errores.
Aquella, que ciertamente llamo en los momentos difíciles rogando muchas veces que pueda escucharme y acompañarme de alguna manera.
Ella, que un día al igual que hoy, sin demasiadas expectativas, dejó la vida sobre la tierra, dejó el dolor permanente de no poder tenerla cerca, de no poder verla más.
Soltó mi mano, la brisa y ese hermoso sol parecían deslizarla hacia ellos.
Ya no pude verla sentada al borde de mi cama.
Las lágrimas corrían sobre mi rostro.
No eran de dolor, eran de emoción.
Mi madre una vez más acompañaba mi sentir.
La dejé ir.
Mis días cambiaron para siempre, ya no eran comunes, porque comprendí que cada segundo de vida era sublime.
Y como tal debía vivirlo.
Comprendí que la vida y la muerte son solo el comienzo.

mami

No quiero ir

No quiero ir

No quiero ir

En estos momentos estoy sentada en un sillón, le sugiero tome asiento en uno muy mullido junto al mío.
Tengo que decirle algo.
–– No voy ––  le digo segura –– tengo mucho por hacer.
––  Podrás hacerlo a la vuelta.
–– No hay vuelta, no me engañes.
–– No te engaño; la mudanza es transitoria, no es difícil, es un juego simple si se quiere, en tu caso siquiera doloroso.
–– ¡Vamos! ¿Crees qué soy tonta? –– replico, sin dejar de mirar sus ojos.
–– No, solo te tomo por humana, eso eres, no puedes comprender.
–– He dicho que no voy, aquí me quedo. Tengo que ver crecer a mis hijos, disfrutar de mis nietos, quedarme junto a mi esposo, familia. Decirles muchas veces más cuanto los amo. En estos momentos siquiera están, no puedo despedirme.
–– Múdate conmigo, solo un paso. Te invito a un universo donde lo que detestás no existe, pero si, tus mismos afectos.
Mirá muy bien a mis ojos, verás que no estoy mintiendo.
Miro.
Puedo ver a mi familia en ese lugar de ensueño, solo ríen, no hay odio, envidias, dolores, ambiciones desmedidas.
Al ver mis ojos en los suyos dijo
–– Eso es, es solo un paso.
–– No voy. Tus ojos son del diablo.
–– ¡No! Ese si que no existe, es otra invención humana.
–– Pero entonces ¿Tú quién eres?
–– Soy la muerte que da vida.
–– No voy. La muerte solo la quita.
–– Sos humana ¿Te lo dije? Te extrañarán en este universo, pero tú no lo sabrás. Te amarán donde te llevo, te olvidaron ya en otro, no has nacido aún en algún otro.
––  No te entiendo, no me gusta.
–– ¡Si te dije! Sos solo humana ¡Vamos! yo no tengo tiempo, pero el tuyo si se acaba.
Solo salí de mi cuerpo.
Solo entré en mi cuerpo.
Allí estábamos riendo, tenemos unos años menos.
La armonía aquí reina, en todo espacio, tiempo.
Solo se trata de eso.
Universos paralelos.